Un respiro para los confinados de Florencia

 Un respiro para los confinados de Florencia

Florencia, la capital del Caquetá, estuvo al borde de un estallido social. El ‘aislamiento inteligente’ le quitó inminencia al levantamiento ciudadano en los barrios populares donde centenares rogaban por comida. Pero el alimento sigue faltando.

Fotografías: Andrés Cardona – Video: Fabio Valderrama – Texto: Oscar Neira

Roque se asustó muchísimo cuando supo que ese nuevo día no pudo comprar pan para acompañar la ‘aguapanela’. Su hija, de 10 años y su esposa Milena, también se asustaron. En la cocina había nada más que agua dulce. No sabían “para dónde coger”, porque la ciudad estaba en cuarentena. El medidor del coronavirus decía que en Florencia había once casos de la enfermedad, la mayoría importados por la negligencia del INPEC a la cárcel Las Heliconias. Esa información poco le importaba a Roque, a Milena y a su hija. No tenían nada para comer.

Enelia, la ayudante en la cocina de una cafetería de Florencia, sintió temor cuando no pudo preparar un huevo para la cena de su hijo Brayan, porque miró el panal y quedaban tres huevos y su patrón le acababa de decir que no había trabajo, que la heladería podía cerrar.

Estiven, de 18 años, pensó en cortarse las venas. Salía a vender “velitas aromáticas” con lo que se ganaba hasta cinco mil pesos diarios. Confinado, con hambre y con la mamá enferma de artritis, entró en desespero. No se cortó las venas cuando sus profesores le llevaron un mercado que alcanzaría para dos semanas.

Cientos de familias pasaron la cuarentena en sus casas esperando la ayuda del gobierno. Para muchos de ellos nunca llegó.

Noé, más flaco que de costumbre, ya no tenía de la yuca que alcanzó a comprar con el último pago del descargue de un camión de bloques. Estaba aburrido de comer maíz cocido que le regaló un comerciante de la ciudad. Pero, era lo único que le quedaba. “Hasta en masato me lo comía”, dijo.

Miles de incertidumbres se sintieron en Florencia durante el más crudo momento de los confinamientos decretados para contener el coronavirus. Sin embargo, lo visible era la ausencia. Las calles desocupadas fueron la noticia. Entre tanto, las redes se llenaron de las cotidianidades de la clase media y alta de la ciudad alrededor del ejercicio físico, de sus espacios como lugares de descanso. Pero, en los barrios populares de Florencia bregaban para grabar videos de auxilio cuadra por cuadra y poniendo trapos rojos convertidos en las banderas símbolo del hambre.

Video: Una calma tenebrosa, sobre cómo se vivió en Florencia el confinamiento por el COVID-19

Ciudad desigual

Las cifras sobre la pobreza en la capital de Caquetá también hablan del drama que se vive en esta ciudad amazónica. Según el DANE, Florencia tuvo una población de 168.346 personas en 2018. De estas, 147.939 se encuentran en la zona urbana y 20.407 en la zona rural. La ciudad está conformada por cuatro comunas que se dividen en al menos 181 barrios oficiales, sin contar por lo menos 16 asentamientos no legalizados, en los cuales se concentró la parte más dramática de los confinamientos.

De acuerdo con datos del SISBEN, citados en el documento La pobreza en Florencia: Un análisis de sus factores, consecuencias y posibles soluciones, de Jilmar Robledo-Caicedo, considerando el rango de cero (más pobres) a 100 (menos pobres), los cinco sectores con mayor vulnerabilidad en la ciudad son los barrios Troncal del Hacha, El Timy, Altos de Capri, El Castillo e Idema.

La mayor pobreza de la ciudad está concentrada en la comuna oriental. Se trata de barrios ubicados en las periferias, en donde se asentó buena parte de la población desplazada durante las últimas dos décadas. Asimismo, se trata de una población que desarrolla trabajos informales. Los datos sobre este aspecto en Florencia son altos porque tienen, según el estudio referido acá sobre la pobreza, una incidencia en el 85 por ciento de la población, número que superó al promedio nacional en siete puntos porcentuales.

No se ha medido el impacto económico que tuvo en Florencia el confinamiento; tampoco la distensión que comenzó a partir del ‘aislamiento inteligente’. Las tragedias han sido personales y familiares, como las de Roque, Milena, Estiven, Noé. También las de otras personas.

Los confinados

Para visitar a Samuel, por ejemplo, hay que subir la montaña y llegar a Piedrahita. Él no puede caminar, pero lo intenta para que Andrés Cardona tome una fotografía de su casa con la bandera roja. La insignia de la pandemia fue el rojo, rojo de hambre, rojo de violencia y rojo de protesta en silencio, que a la vez es ruido, porque la cuarentena se vivió desde el privilegio de unos y la incertidumbre de otros.

En la familia de Miguel Ángel Pava (34 años), de siete personas, todos pasaron hambre durante la cuarentena.

Jacinto y María viven bajo una carpa, no salen, se quedan en “casa” con el estómago vacío, sólo hay arroz y toca racionar. En medio de las lluvias constantes las carpas casi se rompen en el techo, pero el agua se filtra por las paredes hasta mojar las camas. Es media noche y la luz amarilla de las lámparas muestran una Florencia sola, una Florencia distante y egoísta.

Cuando llega la mañana hay que salir a vender algo para llevar comida a casa, pero la gente no importa, cada uno en lo suyo, y los esfuerzos de la institucionalidad no alcanzan y la bolsa de comida que reparten dura para dos días.

Los adultos mayores

Isilda Naranjo tiene 73 años y no puede salir por disposición del gobierno. La decisión del presidente Duque enfatiza en que al no permitirles la salida a los mayores de 70 años los está protegiendo. Pero, Isilda es vendedora callejera y sin salir a trabajar no va a poder comprar comida.

Juan Miguel Cotacio y Odilia Vivas ya no pueden trabajar debido a su edad, sus hijos son trabajadores informales y ya no tienen dinero para comprar alimentos. Haber levantado la bandera fue su manera de pedir auxilio.  

En la mesa de Juan Miguel y Odilia no hubo alimento en las horas de comer.

Asimismo, Ramiro Vargas Martínez, de 69 años, habitante de la Urbanización La Gloria en la Torre 9, discapacitado, no sabía qué hacer mientras aguardaba un mercado de los que repartieron las instituciones municipales.

En el mismo barrio, Luis Libardo Rojas, habitante de un pequeño departamento, decidió caminar por las calles con su bandera roja. “No había de otra, si lo ven a uno, pueden ayudar”, dijo.

A pocos kilómetros de ahí, por la montaña, en el hogar de paso para los Ancianos ‘Una luz al final del túnel’, ubicado en el barrio Villa Real, la falta de comida puso en riesgo su noble labor. Por lo menos treinta ancianos no comieron bien a raíz de la escasez.

Los adultos mayores, que en Florencia a pesar de su edad siguen trabajando, lo han pasado muy mal durante los confinamientos.

Reacciones colectivas

El hambre no espera y, por tal motivo, durante el confinamiento más crudo, en Florencia se realizaron centenares de protestas barriales. Al haberse detenido el trabajo informal se acabó el dinero para adquirir comida. Las instituciones se desbordaron tratando de ir diariamente a cada barrio con la promesa de ayudas, pero, sin lograr incidir efectivamente en el problema urgente: el hambre, la escasez de comida y de trabajo.

Si el confinamiento persistía de manera cruda, la ciudad iba para un estallido social, sobre todo en los más de cien barrios que conforman las comunas más pobres de Florencia, habitadas por víctimas de la violencia, campesinos, indígenas, en general, población que le huyó a la guerra del Estado, de los paramilitares y de la guerrilla.

Los rostros, las situaciones humanas de quienes hoy siguen en la incertidumbre por el confinamiento, hablan de historias de habitación de una ciudad llena de desigualdades.

Aunque hoy Florencia intenta regresar a su cotidianidad y algo ha vuelto a la alacena porque se ha podido salir a trabajar un poco, aún sigue faltando la comida.

Las últimas cifras del Departamento Administrativo de Estadísticas Nacionales, DANE, durante la normalidad, hablaban de que Florencia fue la cuarta ciudad del país con una de las tasas de desempleo más altas, alcanzando el 15,7 por ciento. No se conoce a ciencia cierta esa cifra cómo está ahora.

Desde que se detectó el primer caso de coronavirus en Florencia, las familias más pobres, además del hambre, tuvieron que lidiar con el miedo por la enfermedad y en medio de la falta de información. En la capital de Caquetá solo hay 35 camas de cuidados intensivos. En un escenario de propagación de la enfermedad, esas camas no suplirían la necesidad de atención en salud. Ese dato fue uno de los que más circuló durante el confinamiento. Pero ahora, mientras la amenaza del coronavirus ha perdido importancia para los habitantes de la ciudad, lo que no significa que la misma no esté propagándose, las banderas rojas están guardadas y los trabajadores han vuelto a sortear su realidad, preparándose para lo peor.

Oscar Javier Neira

Oscar Javier Neira

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